Archivos para agosto, 2009

agosto 27, 2009

Lo peor está por venir

Por Alberto Franco Lalama

No me preocupa mayormente el tema del socialismo en sí, pienso que este sistema filosófico político económico tiene alguna que otra pauta positiva Lo que me da escozor es la ramificación Leninista y lo que esta representa por la limitación de las libertades en aras de la conveniencia revolucionaria. Esta es la parte del socialismo que no me gusta. Cuando se convierte en Marxista Leninista.

Por eso analizo lo que Marcel Granier, el dueño de Radio Caracas Televisión y primera víctima cosechada por el ex golpista y ahora Presidente Democrático de Venezuela, quiere realmente expresar al decir “que lo peor está por venir”.

Engloba en lo dicho que lo que viene es la limitación a las libertades. Esa limitación, pienso, es propia de un proceso de cambio bajo forma de revolución, aparentemente pacífica, pero violenta en sus conceptos, porque en este se reordenan los principios que regulan el estado. Es obligatorio para quienes comandan la revolución hacerlo, puesto que los ordenamientos, en cuanto a lo social, político, económico cambian. El concepto sobre el cual se sustentan una serie de principios deja de tener validez o su importancia en la estructura de los derechos y obligaciones se reubican, cambiando así la prevalencia de aplicación de los principios, de los derechos.

Para las personas que tenemos un concepto de libertad sustentado en principios como el del libre albedrio, esto es, libertad de hacer, que se sustenta en la capacidad individual de disponer sobre su vida, bienes, actividades, etc, manejamos esa libertad y hacemos uso de derechos y obligaciones asentados en la capacidad personal de elegir.

Por otro lado. Existe la libertad conceptuada por el socialismo marxista leninista, diferente al socialismo filosófico, esto es que, el ser humano solo puede hacer lo que le conviene al gobierno, al que se lo denomina erradamente estado, porque en este concepto filosófico político económico se confunden conceptos, como ser gobierno-estado-partido-medios de producción.

Según los principios del socialismo marxista leninista, la libertad se sustenta en lo que el miembro del estado debe hacer, la libertad se circunscribe a un concepto del deber, se elimina la posibilidad de decidir en beneficio individual, la decisión tiene que estar tomada en consideración del beneficio del colectivo.

Para afirmar que lo que lo que se viene es peor es preciso comparar con lo actual, debemos establecer si estamos mal, si tenemos algo mal, por eso, como una de las más grandes minorías está contenta con lo que está ocurriendo, solo afirmo que lo que se viene es diferente, ya juzgará cada uno si es peor o no, para mí, si el cambio se proyecta en este sentido, si será malo. Se trata entonces que las personas tienen que decidir si les gusta el sistema planteado por la Revolución Ciudadana.

Aceptar que es apropiado que exista el control del estado en los medios de producción; hasta qué punto se quiere que la economía sea centralizada en actividad y acción, en el gobierno-estado. A mí personalmente no me gusta el sistema, no creo en él, porque las acciones realizadas desde un gobierno- estado acaparador se sustentan en personas que miran conveniencias de orden personal y/o partidista, puesto que la confusión de identidades entre gobierno, estado, partido, así como el manejo del poder absoluto por parte del gobernante, incluyendo el control de los medios de producción, provocan una desactivación del principal motor del hombre por hacer, queda sin vigencia el principio del derecho de elegir, de tener, no solo propiedad física, sino propiedad de su vida.

Cierto es que en un sistema socialista marxista leninista, como el de Cuba, se eliminan ciertas desigualdades, pero se acentúan otras. No se respetan las diferencias entre los seres en cuanto se refiere a capacidad, dedicación, inventiva. Todos tienen derecho al mismo ingreso por horas de trabajo, no hay incentivo a un mayor esfuerzo, a excepción de ser invitado quizás a celebrar en una noche de copas en el palacio del líder comiendo platillos que el resto del país no puede.

Todo esto para mi es una trastocación de valores, prefiero no estar en copas con el líder, ni ir a besar su mano, que me dejen la libertad de decidir cómo, con quien y haciendo que quiero vivir, no me interesa que mi trabajo, a pretexto de la solidaridad, permita a un vago procreador irresponsable de hijos, vivir sin hacer mas nada, no me interesa que se iguale en el aborregamiento, ni en un supuesto beneficio común permitiendo la creación de una élite partidista servida por chefs extranjeros, asesorada por politólogos extranjeros, influenciada por líderes extranjeros, en abierta oposición al verdadero ideal de Bolívar, de Olmedo, de Montalvo.

Desde este punto de vista sí, lo malo puede venir, hasta donde hemos avanzado vamos bien, nos hemos quitado en parte el manejo oprobioso de los herederos de los enloquecidos por el dinero, guardia de corps de la dinastía velasquista, pero eso no justifica convertirnos en discípulos del golpistas como Chávez y otros además de sus fieles acólitos, ese no fue el cambio que queríamos ni aspirábamos. Y cuando la mayoría contenta aún, se dé cuenta rechazara ese cambio, esperemos que las consecuencias no sean peores que el intento fallido.

Fuente: Desde mi Trinchera

agosto 18, 2009

Orgullo y Perjuicio

Debido al orgullo de Rafael, se causa un perjuicio al pueblo ecuatoriano. Cuando el dinero no es propio…..no importa:

ORGULLO Y PERJUICIO
Cuando el avión presidencial de Rafael Correa viaja al norte del continente, para no pedir permiso de vuelo sobre Colombia, se abre hacia el océano. Más tiempo de vuelo, más gasto de combustible. Pero el orgullo (de Rafael) se mantiene intacto.

Fuente: Semanario El Observador, Año 4 No. 166, edición del 14 al 21 de Agosto del 2009

agosto 17, 2009

Correa: ¿Angel o Demonio?

PERFIL A el mandatario que inaugura este lunes su segundo período lo marcó una atormentada niñez. Es una mezcla poco común de nacionalismo y tecnocracia.

Cuando Rafael Correa era apenas un candidato novato que figuraba en la mitad de la tabla de las encuestas, una periodista le preguntó: “¿Qué lo ha marcado en la vida?”. Y Correa respondió: “Tuve una infancia muy difícil y hay sucesos que marcaron definitivamente mi vida y que preferiría no comentar”.

Desde entonces, nunca más ha hablado sobre ese particular. Incluso, alguna vez, y ya como Presidente de Ecuador, en uno de sus habituales programas de radio de los sábados (al estilo del consejo comunal del presidente Álvaro Uribe o del Aló Presidente, de Hugo Chávez) hizo expulsar a un periodista que quiso tocar temas de su familia.

Pero, con el paso del tiempo, se han ido filtrando, como piezas sueltas, algunos de los sucesos a los que Correa no quiso referirse aquella vez. Cuando tenía 12 años, murió ahogada su hermana Bernardita, 11 meses menor que él; poco después su papá pagó cinco años de cárcel en Estados Unidos por servir como mula del narcotráfico y, en su época de universitario, su hermano Fabricio lo sorprendió un día con la noticia de que había encontrado a su padre ahorcado en la casa.

No tendría sentido traer a colación esos episodios de la vida privada si no es porque analistas ecuatorianos consideran que forjaron un rasgo sobresaliente del carácter del presidente Rafael Correa: el que hace que algunos lo tilden de rencoroso y otros, tal vez menos drásticos, lo califiquen de justiciero.

El sicoanálisis es sencillo. Todas estas tragedias, según allegados a Correa con los que habló SEMANA, tenían como telón de fondo una relación muy conflictiva con su padre. “Sus relaciones no eran las mejores”, confirma Fabricio, el hermano mayor. Su papá, que también se llamaba Rafael (igual que su abuelo y que su bisabuelo), pertenecía a una familia acaudalada, dueña de la hacienda más prestigiosa de la provincia de Los Ríos y donde se congregaban para la tertulia los intelectuales de la región. Pero muy pronto, y cuando Rafael no tenía más de 7 años, su padre abandonó la casa, y en la práctica, fue a su mamá, a punta de vender almuerzos y sin abolengo alguno, a la que le tocó sacar adelante sola a los cuatro hijos. “Llegaba tan agotada, que rezaba el rosario de pie para no caer en un sueño profundo”, recuerda Fabricio.

Estas experiencias, para algunos, hicieron de Correa “un acomplejado social”. Un editor de un medio quiteño explica: “Se nota en la forma casi patológica como se refiere a los ricos. Hay una historia que repite, que cuando salían a vacaciones del colegio, todos sus compañeros se iban a sus casas de playa en Salinas y a él le tocaba quedarse vendiendo sánduches”.

Pero para otros, lo que en verdad anima a Correa es una genuina preocupación por los más pobres. “Encarna esa figura de justiciero. Cumple los deseos de revancha de una sociedad que, como la ecuatoriana, siempre le ha echado la culpa a otros”.

No perdona
En lo que sí coinciden todos es en que el Presidente ecuatoriano detesta la mentira y guarda un profundo rencor por quienes le mienten o le hacen daño. Por eso, dicen, nunca va a perdonarle al Presidente colombiano, Álvaro Uribe, que le haya mentido en el caso del bombardeo a territorio ecuatoriano en donde murió el jefe de las Farc ‘Raúl Reyes’. Le enfurece que lo haya menospreciado.

Su rostro desencajado en la fotografía en la Cumbre de Río de marzo del 2008, en la que Correa se ve obligado a darle la mano a Uribe, es una buena muestra del nivel de odio que puede alcanzar a sentir. “Si hubiera sido con Venezuela, Uribe no se habría atrevido. Pero cree que con Ecuador puede hacer lo que quiera”, ha dicho Correa en privado. Y por eso, tal vez, en otra explosión característica en él, la semana pasada dejó claro que si vuelve a ocurrir “nos vamos a la guerra”.

Pero ese no ha sido el único ejemplo. Otro que sintió en carne propia la furia del huracán Correa fue Eduardo Somenssato, representante del Banco Mundial en Ecuador. Los dos tuvieron un rifirrafe cuando Correa fue ministro de Economía y el primer día como Presidente, lo declaró persona non grata.

También han tenido que aguantar el chaparrón los dueños del Banco Pichincha, contra los que Correa ha emprendido toda una batalla jurídica. Hace una década, el banco le cargó por error una deuda de 67 dólares a su tarjeta de crédito y el nombre del hoy presidente terminó en una central de riesgos como deudor moroso. Correa entabló una demanda por cinco millones de dólares por daños morales y la semana pasada la Corte condenó al banco a pagarle 300.000 dólares. Hay quienes están convencidos de que por esta misma pelea, Correa intentó sacar del aire el programa de televisión Los Simpson. Pues no parece haber ninguna razón sensata para vetar a la popular serie, que el interés de quitarle ese poderoso gancho para arrastrar televidentes que tiene el noticiero del canal Teleamazonas, también propiedad de los dueños del Banco Pichincha.

¿Un neo-mamerto?
Pero reducir a Rafael Correa a esa faceta de su vida sería un error. Y quienes creen que Hugo Chávez y Rafael Correa están cortados con la misma tijera también se equivocan. Correa es una mezcla muy particular de lo que en dialecto colombiano se conoce como mamerto -especie originaria de América Latina de los años 70- y tecnócrata -especie creada por las universidades gringas de los años 90-.

Eso significa que aún hoy como Presidente le gusta tocar en guitarra, y en público, canciones de la ‘nueva’ trova cubana. Su favorita es aquella que en el coro dice “comandante Che Guevara”. Para su posesión, el lunes de esta semana, invitó a cantar a León Gieco y Pablo Milanés y muchos de sus discursos los termina con un “hasta la victoria siempre”.

Y como si fuera un chiste del azar su vicepresidente se llama Lenin (Moreno), y su director de impuestos Carlos Marx (Carrasco).

Pero por otro lado, es fanático de la tecnología y obsesivo con la puntualidad y la eficiencia. Tanto, que muchos ministros han caído porque no han logrado cumplir las metas. Cuando necesita a un miembro de su gabinete se conecta con él vía videoconferencia. Es un adicto al trabajo. Pone citas a las 6 de la mañana, toma Red Bull, y cuando sale de Palacio, a la 1 ó 2 de la madrugada, se va en bicicleta a su residencia particular, que queda a unos ocho kilómetros.

Utiliza camisas otavaleñas, de cuello alto y bordados indígenas, pero con diseños exquisitos que le pueden costar hasta 200 dólares. Le gusta la comida típica, pero hecha por un belga. Y tiene dos personas encargadas de surtir y cuidar su guardarropas, una de ellas lo acompaña incluso cuando viaja fuera del país.

Es una mezcla de Eloy Alfaro, uno de los presidentes más adorados por los ecuatorianos, con un excelso tecnócrata egresado de las Universidades de Lovaina e Illinois, donde se graduaron colombianos como el presidente del Banco de la República y el ex ministro de Hacienda Alberto Carrasquilla.

Economista consagrado
Esa doble condición hace que desde el punto de vista político, Correa pueda ser profundamente nacionalista, pero también tenga el suficiente dominio de la economía como para saber que no es buen negocio ir en contra de la propiedad privada. Un aspecto en el que se diferencia notablemente de su homólogo Hugo Chávez.

Rafael Correa es el Presidente que mayor impacto ha causado en Ecuador en el último medio siglo. Con una carrera meteórica -menos de 600 días de vida pública- ganó la Presidencia y en menos de 100 días al mando propuso una Asamblea Constituyente para cambiar toda la estructura del Estado ecuatoriano, cumplió su promesa de dar un grito de soberanía al sacar de Ecuador a los gringos de la base de Manta, logró superar una grave crisis y se tomó los poderes legislativo y judicial.

Correa no llegó al poder por los caminos de la política sino por los de la academia. Empezó a acercarse dándole clases de economía, una vez a la semana, al vicepresidente Alfredo Palacio. El mismo que asumió la Presidencia en 2005, luego de que la “revolución de los forajidos” tumbó a punta de marchas callejeras a Lucio Gutiérrez.

Lo primero que hizo Palacio fue nombrar a Correa ministro de Economía, pero sólo duró en el cargo tres meses. Los suficientes para hacer reformas de profundidad en la cartera (como eliminar el fondo de estabilización de los ingresos petroleros porque, según él, favorecía a los tenedores de deuda pública) y pelearse con los organismos internacionales, pero también para salir con cierta aura de niño genio y líder carismático. Cuando salió del ministerio, en la puerta lo esperaban cerca de 200 seguidores que coreaban “Correa Presidente”.

No era nada nuevo para él. Desde niño él ya sabía que iba a serlo. Lo decía y jugaba con sus amigos a gobernar. A ellos, convencidos del liderazgo de Rafael, no les importaba repetir cada vez su papel secundario de ministros o diputados.

A su mamá también le dejó claro que iba a ser Presidente y que por eso se iba a preparar como economista. En todos sus artículos y publicaciones se nota que tenía claro a donde quería ir. Apuntes críticos contra el Consenso de Washington, la dolarización y las reformas estructurales de América Latina. En su tesis de doctorado trató de demostrar que todas estas recetas no sirvieron para crecer.

Como Presidente trata de ser consecuente con su pasado académico, pero también se da las licencias que le exige el ejercicio político. Aunque como técnico asegura que la dolarización de Ecuador es un desgracia, también explica en privado porqué no la elimina: “el Presidente que quite la dolarización se cae. Y yo no soy tan suicida”. En campaña siempre dijo que no iba a pagar la deuda externa, pero terminó recogiendo hace poco sus palabras. Según Grace Jaramillo, del prestigioso centro de estudios FLACSO, la negativa inicial de Rafael Correa a pagar la deuda externa podría considerarse como “una estratagema para ganar tiempo y hacer que la deuda perdiera valor”. Al final, y según las cuentas, le ahorró a Ecuador cerca de 7.000 millones de dólares.

De cuando conoció a Chávez
Correa siempre ha tenido un pensamiento de izquierda pero vivió la mayor parte de su vida alejado de los circuitos tradicionales de esa tendencia en Ecuador. Por eso se define como humanista cristiano, no marxista.

Su vocación floreció en los boy scouts, en los que militó y lideró por casi 20 años, así como en grupos de catecismo que se pusieron de moda en Ecuador en la década de los 70 alrededor de la idea de monseñor Leonidas Proaño, un teólogo de la liberación.

En la universidad, Rafael Correa hizo parte de un grupo de este corte liderado por Gustavo Novoa, el entonces profesor y después presidente del país. Estaban convencidos de que los indígenas eran la base del cambio y por eso cuando terminó la carrera se fue un año a vivir con los nativos más pobres, a 3.600 metros del altura, en Cotopaxi.

Por eso no se hace extraño que en su primer encuentro con Hugo Chávez, quedó prendado del discurso bolivariano, del presidente venezolano. Según el mismo Correa cuenta, como ministro de Economía estuvo en la posesión del presidente de Paraguay, y allí, de todos los presidentes que conoció el único que llamó su atención fue Chávez. Este se enteró y lo invitó esa Navidad a Caracas.

Desde entonces para nadie es un secreto el especial aprecio que existe entre los dos presidentes. Y para los ecuatorianos tampoco han pasado inadvertidas ciertas similitudes en el estilo de los dos presidentes. Entre otras, su manera de insultar a sus enemigos usando gracejos y todo tipo de epítetos con los que logra cierta identidad con el pueblo.

Correa se inventó la palabra “pelucón” para llamar a los ricos (por aquello de las pelucas de la corte del rey Luis XVI). A contendores suyos como León Febres Cordero, Cynthia Viteri y Álvaro Noboa les decía: “Mafiosos, princesita de la oligarquía o explotador de menores”. A los bancos internacionales, “burócratas que vienen como virreyes” y a los políticos “esa cloaca llamada Congreso Nacional”. Y los periodistas que no son de su agrado, tampoco se han escapado de sus dardos: a una periodista la llama “gordita horrorosa” y a otro “bonsái”.

Sin embargo, Correa también trató siempre de guardar distancias con Chávez, con decisiones como la de no entrar al Alba, la unión de países inventada por el mandatario venezolano. Sin embargo, hace poco y luego de ser reelegido, no sólo sorprendió con el anuncio de que profundizaría el socialismo del siglo XXI, la doctrina chavista, sino que contrario a lo que había dicho aceptó que Ecuador entrara al Alba.

Hay quienes creen que el rencor contra el presidente Uribe fue el que finalmente terminó por volcar a Correa en los brazos de Chávez.

“En el capítulo Chávez Correa hay algunas cosas que no sabemos. Él que es tan camorrista y resulta que a Chávez le aguanta todo. Chávez, por ejemplo, fue el que anunció que Ecuador iba al Alba y no Correa”, comenta una periodista de Guayaquil.

Lo que viene
Este lunes empieza una nueva fase de la vida política de Rafael Correa. Asume su segundo mandato como presidente de Ecuador y también la presidencia de Unasur, la estrategia de seguridad de los países de Suramérica.

Llega con cierto desgaste en las encuestas. En tres meses cayó de 59 a 40 por ciento, según la firma Market. En buena parte por un escándalo de corrupción de su hermano Fabricio, que logró contratos con el Estado por 80 millones de dólares. A Rafael Correa no le ha valido decir que no estaba enterado de los cruces de su hermano, ni tampoco la decisión que tomó de cortar de tajo todos esos contratos.

Asimismo, se nota una nueva estrategia frente a Colombia. El primer paso que dio fue revelar el llamado diario de ‘Raúl Reyes’, que le ayudó a tomar distancia de las Farc en lo que a la opinión se refiere, pues si bien confirma que su primera campaña recibió plata de la guerrilla colombiana, también queda claro que fue a sus espaldas y que los responsables ya fueron destituidos. El segundo paso, fue el de dar dos entrevistas que nunca antes había querido conceder a periodistas colombianos. Y para completar el presagio de buen ambiente, parece que Ecuador está arreglando por las buenas con Colombia el lío de los aranceles y salvaguardas que puso en jaque el comercio entre los dos países.

Hugo Barder, director de la firma encuestadora Perfiles de Opinión, explica la nueva tónica de Correa. “El conflicto con Colombia comenzó como una conveniencia política, pero me parece que estamos en un punto de inflexión que va a tender a ceder las tensiones y a llevar a algún tipo de acuerdo. En un sondeo hecho el 26 de julio, en Quito y Guayaquil, el 84 por ciento de los encuestados cree que Ecuador debe mejorar las relaciones diplomáticas con Colombia”.

Una de las personas con las que habló SEMANA dijo que Correa tiene dos personalidades: a veces puede ser encantador pero otras un monstruo. Y tal vez, eso sea lo que mejor define al fenómeno de los últimos 50 años en la política de Ecuador, tal vez sea cierto que Rafael Correa tenga tanto de uno como de otro. Algo de ángel y algo de demonio.

Fuente: Revista Semana de Diario El Tiempo de Bogotá, Agosto 9, 2009

agosto 14, 2009

La lengua mechada de un censor ecuatoriano

Por Rissig Licha

Si había alguna duda sobre el rumbo de Rafael Correa Delgado en su segundo término quedó despejada durante su ceremonia de toma de posesión: el primer mandatario ecuatoriano va por el sendero de una mayor radicalización consistente con su adhesión a un proyecto socialista, modelo siglo XXI, en el que él, como ganador electoral tiene todo el derecho, según indicara en su discurso inaugural, de coartarle los derechos, entre éstos, el de la libertad de expresión, a todos los que discrepen de la postura oficialista, en particular, la prensa.

Correa Delgado se puso al lado de su homólogo venezolano, Hugo Chávez Frías, al pedir a los demás gobiernos de la región presentes, casi todos, en la ceremonia de investidura presidencial, de que ha llegado el momento de establecer “formas de control a los excesos de la prensa”.

“Debemos perder el miedo y a nivel de países plantearnos formas de controlar los excesos de la prensa. Tenemos que tomar cartas en el asunto, somos nosotros los que ganamos las elecciones, no los gerentes de esos negocios lucrativos que se llaman medios de comunicación”, dijo en su alocución que más parecía una arenga de barricada que un discurso de labios de un estadista. “El mayor adversario que hemos tenido en estos treinta un meses de gobierno ha sido una prensa con un claro rol político, aunque sin ninguna legitimidad democrática”.

Hablar, expresar una opinión, plantear una alternativa, disentir son derechos fundamentales que salvaguarda un Estado en el que se respetan los derechos, tanto los de la mayoría como los de la minoría. Esas mismas libertades que fueron, precisamente, en las que se apoyó la candidatura de Rafael Correa Delgado al encabezar un proyecto político insurgente que llegó al poder a través de las urnas y que, ahora, en su segundo mandato, tras cambiar la Constitución, pretende que nadie que piense distinto a él, que cuestione la gestión pública en pro de mejorar su funcionamiento para, con ello, garantizarle a la sociedad mayor transparencia y rendición de cuentas al pueblo sobre la administración de los recursos nacionales, cuente con vehículos de expresión que jueguen el papel de observadores del desenvolvimiento nacional.

Qué triste es oír a un joven presidente latinoamericano abogar por la censura o sanción —previa, posterior, implícita o explícita— de voces variopintas en sociedades que tanto han luchado por la creación y preservación de instituciones democráticas. Más triste es oírle decir que sólo aquellos que ganan elecciones tienen el derecho de opinar. Peor es que ninguno de los otros mandatarios asistentes a la trágica toma de posesión no tuviera ni la valentía, ni la integridad de decirle a Correa Delgado que ese rumbo que tanto él persigue es una negación de lo que los pueblos latinoamericanos llevan siglos reclamando: la igualdad en libertad. Mientras tanto, todos nos dejan con un gran sinsabor por la lengua mechada de un censor ecuatoriano.

Fuente: Rissig Licha

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