Esta carta la recibí de Janet Mancheno Mancheno, escrita desde su reclusión:
Libres, fugados, y escondidos, indolentes igual
Por: Janet Mancheno Mancheno
Hace más de siete semanas, exactamente el martes 19 de mayo del dos mil nueve, fui injusta y abruptamente detenida, en una confusión de reclamos de perjudicados del caso Valle Alto.
Fui detenida para investigación, e injustamente involucrada sin prueba alguna en mi contra. Sin embargo, hasta el día de hoy me encuentro en el Centro Femenino de Rehabilitación del Guayas hasta demostrar mi total inocencia.
Trabajé durante seis años y medio en el Banco Holandés Unido donde mi trayectoria fue totalmente intachable. Luego colaboré para otras empresas particulares. Sin embargo, a fines del año 2005, fui llamada a colaborar en una de las empresas de la familia. Mi participación no fue mas allá que la de cumplir honestamente con mi trabajo. Fui una empleada más. No tuve parte accionaria, ni representación legal alguna. Me adeudaron doce meses de salario y salí sin liquidación, como correspondía.
Pero en fin, desde que sucedió esta injusticia me ha tocado despojarme de lo poco que tengo, para demostrar mi total inocencia. Pero lo legal se pelea en buena lid, y con la verdad de por medio, saldré en libertad. Ya se presentará la oportunidad para recuperar lo perdido, lo material va y viene, es simplemente material.
Pienso que lo más duro de esta prueba que Dios ha puesto en mi camino y de la cual no reniego, es cuando están sucediendo los hechos y en un instante se presenta una revelación muy dura, cuando la familia de tu propia sangre, tu padre y tus hermanos, te dan totalmente la espalda y se comportan de una manera indolente contigo.
Unos por libres, otros por fugados, y otros por escondidos, simplemente todos se volvieron indolentes ante el que esta caído.
En tiempos en que mi madre vivía, se pensaba que como familia tendríamos unas bases sólidas de valores y principios, que nos ayudaríamos en los momentos difíciles, que seríamos solidarios los unos con los otros, pero que diferente fue cuando todo sucedió y mi padre y mis hermanos tomaron cada uno un camino diferente, tomaron sus propios rumbos según sus propias conveniencias.
Me pregunto entonces, ¿en dónde quedaron todas las pláticas del padre Federico Gagliardo? ¿Cuando cada domingo en misa nos enseñaba que como cristianos debíamos ayudar al hermano caído? Todas sus predicaciones se quedaron en el aire y fueron simplemente palabras que se las llevo el viento, como que no tuvieran ningún valor, ningún sentido, ni significado alguno. También se dice que el ser cristiano es ayudar al hermano que esta caído, es despojarse de algo propio para entregarlo al que lo necesita. Pero a la hora de ponerlo en práctica, en mi caso en particular solo existió indolencia por parte de mi padre y hermanos, los que están libres arraigados a lo que poseen, los fugados están a buen recaudo, entonces ¿para qué?, y los escondidos, mezquinos y presos de su propio miedo.
Pero lo más bonito de esta historia que me ha tocado vivir es lo que Dios siempre nos pone el contraste, es decir, amigos dolientes y apegados, valientes y solidarios, altivos y generosos, dispuestos a ayudar en todo momento, especialmente en los más difíciles. Eso es lo más lindo de este episodio de mi vida, los verdaderos amigos.
Esto es lo que realmente consuela y reconforta, ante una penosa realidad de tu familia, de tu padre, hermano y hermanas.
Las personas que están conmigo el día de hoy son las que realmente me hacen dar cuenta de que todo esto será simplemente un mal recuerdo, de que este gran esfuerzo que estoy haciendo si vale la pena. Esta experiencia y prueba que Dios me ha puesto es muy dura y muy difícil. Pero debo seguir adelante y tener mucha fe en Dios para reencontrarme con mis seres amados y queridos, y con mis grandes amigos, mis amigos de siempre.
Desde mi reclusión
Janet

