Por Orlando Alcívar Santos
Leí en El Comercio de Quito, hace dos días, un titular de grandes caracteres que encabezaba una entrevista y que decía “La élite de Guayaquil desprecia a Bolívar”, y aunque no soy parte de ninguna élite ni tampoco guayaquileño, aunque me siento como tal sin renegar de mi natal Bahía de Caráquez, creo que es necesario decir que aquello no es verdad.
Comienzo por señalar que se debería precisar de qué élite se trata porque hay una del pensamiento, otra de la cultura, una tercera del deporte, una cuarta de lo social y así hasta el infinito, pero no creo que ninguna de las que puedan haber en esta urbe esté tratando de minimizar la figura del más grande americano de todas las épocas, a quien hay que juzgarlo como ser humano –no como semidiós– en el contexto histórico político de su tiempo, y si existen grupos ciudadanos que tienen una determinada visión de la historia y de los hombres que fueron actores principalísimos de ella, eso no quiere decir que toda una gran ciudad, por lo demás muy noble, desprecie a alguien de la estatura de Simón Bolívar cuyas acciones hay que analizarlas no fragmentariamente ni por pequeños capítulos de su vida sino en la enorme amplitud de su genio militar, político e intelectual, con sus grandezas y sus miserias, con sus pasiones de hombre de carne y hueso.
Tampoco se debe confundir el término “élite” con el de “derecha política”, como se hace en la entrevista, por las mismas razones que anoto, y porque hasta hace pocos años, la élite intelectual, especialmente la ligada a la producción literaria, a la escritura y otras artes, se identificaba con la izquierda, a tal punto que muchos políticos opuestos a esta, calificaban a la Casa de la Cultura Ecuatoriana como reducto de “comunistas”. Élite, entonces, no es sinónimo de derecha.
Lo que ocurre es que el presidente Chávez de Venezuela, ciudadano polémico como pocos, ha tomado a Bolívar como la imagen emblemática de su revolución y le ha hecho un flaco favor a la memoria de tan grande hombre, inmiscuyéndolo en el controvertido trajín diario de su experimento político que quiere propagar a otros pueblos, y en consecuencia, en el imaginario de la gente poco ilustrada, que es la mayoría, se identifica a Chávez y a otros mandatarios con Bolívar, y a los opositores con quienes no rinden homenaje a su talento y a su nombre, pero nada tan alejado de la razón pues nadie puede haber autorizado a Chávez a utilizar como insignia de su movimiento la egregia figura del Libertador. Ser bolivariano, en el estricto sentido del término, no es ser “chavista” ni cosa que se le parezca.
En resumen, ni políticos extraviados ni ciudadanos despistados, ni ningún americano que sepa leer e interpretar la historia, podrá opacar la trascendencia de los logros de Bolívar, sus múltiples aptitudes, su grandeza como ser humano excepcional, en una palabra su gloria.
¿Podremos acaso algún día decir –con los magros resultados que exhibimos en la integración de nuestros pueblos (CAN, Mercosur, etcétera)– que “para nosotros la patria es América” como soñaba Bolívar? Y en consonancia con esa idea, anteayer, un académico colombiano, en una charla en este Diario, pronosticaba que mientras América Latina no piense como continente, como un todo, seguiremos caminando rumbo al fracaso. El pensamiento de Bolívar no ha perdido actualidad después de casi dos siglos.
Más info: La élite de Guayaquil desprecia a Bolívar (El Comercio)
Fuente: El Universo

