Por Ana Maria Raad
Esta es la crónica de una muerte anunciada. El día que me iban a matar, salí temprano porque debía realizar trámites consulares. Ese día lo tomé de mis vacaciones, porque estaba de paso en Ecuador y pensé que sería mucho más fácil y ágil hacerlos en el país de origen (Ecuador), que tramitar todo en el país de residencia (Chile). El primer atraso se dio por utilizar uno de los servicios más eficientes de la ciudad, el Registro Civil de Guayaquil (administrado por el Municipio). Paradójico, porque ahí todo fue rápido, eficiente y sencillo de realizar. La información estaba digitalizada y cuando alguien la necesita se encuentra. Sin embargo, al llegar con mis documentos al Consulado donde hacía mis trámites, me dijeron que estos debían emitirse en el registro civil “de verdad”. ¿Cuál de verdad? pregunté enseguida, entonces la respuesta fue: el del Gobierno.
Esta historia se complejiza cuando fui a solicitar los documentos al registro “de verdad, verdad” (como el más clásico de los capítulos del Chavo), en donde los tomos se habían quemado y por tanto debía buscarse en Quito. Los días pasaban y yo no existía por ninguna parte, me habían borrado del mapa y empezaba la búsqueda del papel que reconociera que había nacido en Ecuador. Luego de solicitar a Quito (donde supongo está el registro de verdad, verdad….pero de verdad) me informaron que no encontraban mi documento en el “sistema” (palabra mágica que usan los burócratas para disfrazar sus incompetencias). A esas alturas ya había desaparecido “de verdad” y cuando al final pude conseguir mi documento en Quito, resultó que en el Ministerio de Relaciones Exteriores en Guayaquil no lo quisieron “apostillar” porque estaba firmado por el secretario y no por el director del registro civil. Sin embargo, cuando lo llevé al Ministerio de la capital lo apostillaron sin problema. ¿Será que también hay Ministerios de verdad, verdad?
Sinceramente, no creo que mi historia sea particularmente especial, lamentablemente no. Lo anecdótico es que simultáneamente realicé los mismos trámites para mis hijas nacidas en Chile. Pensé que sería doblemente complicado tener toda la documentación de ellas en Ecuador dentro del reducido tiempo que teníamos. Sin embargo, el Registro Civil de Chile, desde el 2001 está absolutamente digitalizado (como el del Municipio de Guayaquil) y además online, es decir, que con sólo entrar a la página web y con el número de cédula, se puede imprimir la documentación, con código de barras que certifica su autenticidad y su carácter de original, y además pagar con tarjeta de crédito sin burócratas de por medio.
La pobreza de nuestro país se perpetúa cada vez que se esquivan los compromisos de modernizar en profundiad al Estado. Chile, Uruguay y México son los principales países que han modernizado sus registros civiles, siendo el primero uno de los más exitosos en el nivel de aprobación de los ciudadanos en este servicio (lo califican 5.8 sobre 7). Este salto implica disminuir las probabilidades de corrupción (menos burócratas, tramitadores, coimeros) pero sobre todo implica invertir mejor los recursos, desde los ciudadanos que pagan menos (en Chile el trámite cuesta la mitad), se evita el tener que certificar el documento (en mi caso fue “apostillar”) porque estos son confiables a la luz de cualquier institución, y además se evitaría duplicar el gasto (a pesar de que el Municipio ya lo probó, el Gobierno insiste en armar una versión paralela aunque ésto implique un par de millones de dólares más).
Vivir en un país donde se grita a todos los vientos que el cambio está en marcha y se busca dignificar a los ciudadanos, pero nos mantienen entrampados en epleas absurdas sin garantizar un servicio de calidad, es perpetuarnos como ciudadanos de tercera categoría. Mientras sigan pensando que los ciudadanos servimos sólo para votar (y a cambio cobrar un bono) y aceptemos pasivamente mantener una relación tan desvirtuada con el Estado, seguiremos hundidios en la miseria y pobreza que terminará por anunciarnos la muerte de nuestra dignidad.
Tomado de: Revista Vistazo, edición impresa del 19 de Marzo del 2009

