Es probable que muchos se hayan olvidado ya de esto, pero fuimos a una Asamblea Constituyente para básicamente impulsar una reforma política que garantice una estabilidad en el ejercicio del poder y conceda una mejor representación popular a nosotros, los ciudadanos.
Son ya casi 12 años desde que un Presidente electo terminó su periodo constitucional, son varios los factores que convierten en casi ingobernable al Ecuador. Pero todos prácticamente se resumen en las características luchas entre Presidente y Congreso, ese famoso “choque de trenes”. La solución, al parecer, los asambleístas del gobierno la depositaron en la cuenta del olvido.
Tanto se habló de mejorar la calidad de los diputados, y no solo que no se aumentaron los requisitos, sino que se los bajaron. Ahora cualquier mortal de 18 años puede convertirse en padre de la patria si se aprueba el texto hecho en Montecristi. Tampoco se hizo la reforma necesaria de la bicameralidad de la Función Legislativa, donde la Cámara baja o de diputados siga siendo el centro de las discusiones y luchas políticas, pero que aquellas decisiones tomadas al calor de las mayorías móviles fueran revisadas por un Senado o Cámara alta, donde una especie de abuelitos bonachones con la experiencia y tranquilidad del paso del tiempo nos garantizaran un correcto filtro a las nuevas leyes que se promulguen. Esto, amigos, tampoco se hizo.
Ni siquiera se buscó un mayor balance entre las funciones del Estado para que ninguna intente someter a otra bajo cualquier pretexto, sino que se reforzó la figura del Presidente de la República con todas las consecuencias negativas que la natural acumulación de poder ocasiona, recordemos claro a Lord Acton y su célebre frase de que el poder corrompe y el poder absoluto corrompe absolutamente.
Finalmente fuimos burlados con la no inclusión de la elección de diputados por distritos y así eliminar la posibilidad de que desconocidos lleguen a esas curules. Con la elección individual cada distrito hubiera elegido a su único representante, a quien además se podía identificar plenamente y exigir rendición de cuentas si lo consideraban necesario.
La Asamblea se dedicó a otras cosas, terminando al apuro el texto constitucional hecho a la medida de quien hoy gobierna olvidándose de algo trascendental, esa reforma política que una vez más se nos niega. Quedan en deuda con el país, ya vendrá la oportunidad de otros para llevarla adelante.
Tanto se habló de mejorar la calidad de los diputados, y no solo que no se aumentaron los requisitos, sino que se los bajaron. Ahora cualquier mortal de 18 años puede convertirse en padre de la patria si se aprueba el texto hecho en Montecristi.
Fuente: El Universo

