Por Emilio Palacio, CARACAS
Me comprometí con el Diario a contar lo que vi en Caracas estos días, pero ahora –lo confieso– no sé bien por dónde comenzar. Es difícil no sentirse abrumado, confundido y atemorizado por el culto a la personalidad de Hugo Chávez, cuya imagen aparece por todas partes en carteles, panfletos, murales y camisetas rojas. Solo un canal nacional de televisión abierta, Globovisión, se atreve a criticarlo. Los demás pertenecen al Estado, o se cuidan por temor o conveniencia. Los noticieros gobiernistas nunca ofrecen micrófono a los opositores de derecha o de izquierda, pero los ridiculizan durante horas y horas. Hace dos días, la diputada Iris Varela irrumpió en el set de un canal local en el estado de Táchira sin haber sido invitada y golpeó a un periodista; luego declaró que volvería a hacerlo, y le recomendó al presentador que no se cruce en su camino.
Creí que todo esto era suficientemente grave, pero no. El 2 de diciembre los venezolanos acudirán a las urnas para aprobar una reforma constitucional que le permitirá al Gobierno suspender las garantías constitucionales por tiempo indefinido, incluyendo la libertad de expresión y el debido proceso. Cualquier ciudadano podrá ser sentenciado en un juicio sumario sin derecho a la defensa, y la prensa tendrá que callar.
Según la reforma, el Estado solo respetará la propiedad “legítimamente adquirida”, pero no se aclara quién decidirá esa legalidad, así que el Gobierno podrá ajustarles las tuercas a los empresarios que no se sometan. Muchos ya lo hicieron. El millonario Gustavo Cisneros, cuya fortuna alcanza los 6.000 millones de dólares según Forbes, es hoy aliado del chavismo, y no es el único.
La reforma amenaza también a los movimientos sociales al ordenar que en los organismos del “poder popular” no existan “sufragios ni elección alguna”. Chávez ya declaró previamente que la independencia de los sindicatos con respecto del Estado es una aberración ideológica que él no permitirá.
La televisión en mi habitación del hotel está encendida. En la CNN un analista de Wall Street está molesto porque el gobierno venezolano le arrancó a las compañías extranjeras una buena tajada de la renta petrolera, parte de la cual la reparte para conseguir votos. Por lo visto este hombre no se ha dado cuenta de que el éxito de Chávez radica precisamente en su habilidad para moverse entre estas dos aguas: utiliza la simpatía de su pueblo para chantajear a Washington, pero al mismo tiempo invoca la reacción visceral de la Casa Blanca para consolidar su control absoluto sobre los más pobres.
El resultado es un gobierno muy fuerte, que reparte palo alternativamente entre las empresas extranjeras y los movimientos sociales, para así cultivar una nueva casta de millonarios chavistas, que conduce Hummers. El pueblo aguanta todavía porque le caen algunas migajas del banquete, y la Casa Blanca porque necesita el petróleo venezolano con desesperación.
Pero siempre que el totalitarismo de derecha o izquierda se impuso, los primeros en manifestar su descontento fueron los estudiantes. En Venezuela sucede lo mismo. Chávez los acusa de “hijos de papá”, pero hablé con ellos y no los encontré muy distintos a cualquier grupo de jóvenes descontentos de América Latina. Ayer volvieron a salir a las calles, y me aseguran que continuarán haciéndolo. Mi simpatía estará con ellos.
Tomado de: eluniverso.com Noticias del Ecuador y del mundo
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