Artículo de opinión de Hernán Pérez Loose publicado en Diario El Universo de Guayaquil.
Como el propio Osvaldo Hurtado lo predijo cuando expuso sus razones de por qué había que votar “No” en la consulta del domingo, en cosa de pocas horas fue insultado, despreciado y descalificado desde la majestad del poder. No fueron rebatidas sus tesis con argumentos sino que su persona fue groseramente arrollada con epítetos, acusaciones y burlas. Entre los agravios que recibió por el delito de discrepar fue que él era un “cadáver insepulto”, al que debía dársele “cristiana sepultura”.
Dejando a un lado la paradoja de invocar al “cristianismo” e insultar a una persona simultáneamente, esto de enterrar cadáveres insepultos sí tiene su importancia.Es verdad. En el Ecuador hay cadáveres que deben sepultarse pero más daños nos causan ciertos seres vivientes que deambulan con salud. El insulto, la violencia y la demagogia, por ejemplo, son unos de ellos. Por décadas únicamente hemos escuchado de nuestros políticos insultos y ofensas. De ellos solo hemos conocido ofrecimientos de cosas que en privado saben que son inconvenientes pero que lo hacen por ser “populares”, o el uso de la policía o tanques para imponer su verdad. El autoritarismo es otro de esos monstruos. Por eso no nos extraña que ahora desde la majestad del poder se proclame que la Asamblea Constituyente eliminará el amparo constitucional.
Debemos sepultar también la manipulación de la ley y la Constitución. Por años hemos soportado que en nombre de la Constitución y la democracia se cometan precisamente los peores atropellos contra la una y la otra. En toda democracia moderna el texto constitucional, y especialmente su espíritu, son respetados sin contemplaciones. Los derechos y garantías no son propiedad de unos, sino que protegen a todos. A los liberales como a los socialistas, a los peores delincuentes como a los ejemplares ciudadanos. Las barbaridades que se han cometido hoy con el afán de tener un Congreso domesticado o inexistente, no se difieren en mucho a las cometidas ayer para destituir a un Presidente por parte de diputados psiquiatras o para decapitar a la Corte Suprema.
La actual crisis constitucional, la forma cómo se pretende resolverla, las posiciones que han ido asumiendo sus actores, el doble discurso de unos y el silencio cómplice de otros, todo ello configura lo que el país debe sepultar, antes de que lo sepulten a él. Si esta crisis llegase a instancias internacionales, probablemente el Ecuador sería condenado por quebrantar tratados internacionales, tal como ha sucedido antes.
¿Qué dirán entonces los que hoy aplauden a rabiar las arbitrariedades cometidas?Cuentan que Creso, rey de Lidia, un hombre inmensamente poderoso, le pidió a Solón que lo declarase el ser feliz que él decía ser. Solón lo miró y le dijo: “No puedo hacerlo. Aún no conozco tu final”. Cuando sepultemos el insulto, la demagogia, el autoritarismo, cuando nuestros jueces sean verdaderas fortalezas contra la arbitrariedad y nuestras instituciones escudos frente la incertidumbre, entonces el Ecuador habrá dejado de ser una selva y habrá sentado las bases de una sociedad justa y libre. No antes.

