De la protesta a la propuesta

Fuente: Vencer el miedo

La Comisión….¿de la verdad?

El terrorismo, sea de izquierda o sea de derecha, es un delito de lesa humanidad
Por Ricardo Noboa B.*

Desde mediados de 1994 hasta su muerte, no tuve buenas relaciones con León Febres Cordero. En realidad, el “no tuve buenas” es un eufemismo. Las tuve malas, malísimas. No voy a repetir aquí, primero, porque ya no vale la pena y, segundo, porque he decidido olvidar ciertas experiencias relacionadas con la manipulación de la Justicia. Pero con motivo de la inmunidad que se ha decidido conceder a la “Comisión de la verdad”, bien vale la pena reflexionar un poco. En agosto de 1984, se escuchó un grito en el Congreso Nacional: “Gobernaremos desde la oposición”. Y, acto seguido, se inicio una irracional pugna que llevó la institucionalidad del país al límite. En el aire, flotaba por un lado el aliento de una oposición belicosa, dispuesta a bloquear todos los intentos del Ejecutivo para llevar adelante el proyecto de reforma del Estado que enarbolaba la derecha de aquel entonces; por el otro, el aliento de una derecha dura, dispuesta a no dejarse arrebatar la oportunidad histórica que no se le presentaba, a período completo, desde 1956. Y, en medio de ese aire enrarecido, flotaba también la expectativa de un país totalmente ajeno a la violencia”. Justo al año de Gobierno, AVC secuestró a Nahim Isaias. Banquero y amigo del Régimen. Isaías no sobrevivió. Fue ajusticiado en diciembre de 1985. Poco tiempo después, se produjo el asalto a un banco en la ciudad de Ventanas. Los asaltantes se enfrentaron a la Policía y, en la balacera, se murió un caramelero que estaba, por casualidad, en los alrededores. Lo que siguió después, todos lo sabemos. ¿Qué quería AVC durante aquellos años? Sin duda, deponer al Gobierno y hacerse del poder mediante la lucha armada. Tanto es esto verdad que, al Gobierno siguiente, depusieron las armas. ¿Era legítima la aspiración de AVC, respaldado por el M-19? No, sin duda no lo era. Como tampoco fueron legítimas las armas de la Triple A en la Argentina encubiertas por López Rega para eliminar comunistas y opositores. El terrorismo, de izquierda o derecha, es un delito de lesa humanidad.
Nadie, y mucho menos los inocentes como aquel caramelero de Ventanas que cayó bajo las balas de AVC, estaba a salvo de aquella ofensiva terrorista que había decidido convertirse, en el Ecuador de 1984, en el árbitro de nuestra frágil democracia y que terminó por ser la causa próxima de la desaparición de los hermanos Restrepo. Porque, a diferencia de lo que ocurrió en el Chile de Pinochet o en la Argentina de Videla, que llegaron al poder con el ánimo macartista de ver comunistas en cada esquina y ejecutarlos, acá, en 1984, sucedió todo lo contrario. Fue la guerrilla la que se organizó para combatir y derrocar un Gobierno que había llegado al poder a través de las urnas. De ahí que venir ahora, luego de 25 años, a remover la tierra en donde están enterrados los muertos o perturbar su memoria constituye, por decir lo menos, un dudoso afán de hacer justicia. Más aún si no existe imparcialidad en los comisionados, cuya antipatía hacia los protagonistas de los hechos de aquella época, vivos o muertos, es proverbial.

Y si desde ya se ha pedido inmunidad, es porque los “acusados” están condenados antes de que el país conozca el veredicto. Lo que significa manipular la verdad y la justicia. Lo mismo de lo que se acusaba a Febres Cordero.

*Abogado, invitado de HOY

Fuente: Diario Hoy

El Blog de Carlos Vera

Ya era hora. Aquí les dejo el link: Vencer el Miedo

El calentamiento global es una religión

Por Walter E. Williams

Para muchos el calentamiento terrestre se ha convertido en una religión porque el rasgo característico de las religiones es que sus dictámenes son aceptados como un asunto de fe y no por su lógica. Por ello, cuestionar esos dictámenes nos convierte en pecadores. Nadie niega que ocurran cambios de temperatura en la Tierra. Hace millones de años, gran parte de la superficie de nuestro planeta estaba cubierta con una capa de hielo que alcanzaba un espesor de hasta una milla (1,6 km.). Entonces, podemos concluir que luego ocurrió un calentamiento, pero en ese tiempo no existían plantas eléctricas que utilizaban carbón, ni bombillos, ni vehículos con motores de gasolina.

La idea de que los humanos pueden causar cambios paramétricos en el ambiente es el colmo de una ignorante arrogancia. La temperatura es apenas una de las características de nuestro planeta; su órbita es otra. Si todas las 6.500 millones de personas que vivimos aquí en la Tierra comenzáramos a saltar al mismo tiempo, ¿cree usted que lograríamos cambiar la órbita del planeta o las mareas de los océanos? ¿Hay algo que los hombres podemos hacer para detener o desviar un huracán o un tsunami? Si el lector considera estúpidas estas preguntas, también es estúpido pensar que las actividades humanas pueden lograr cambios en la temperatura terrestre.

Pero claro, hay grandes intereses en que la gente practique esa nueva religión del recalentamiento. Tanto así que algunos científicos, financiados con fondos gubernamentales, están manipulando fraudulentamente las estadísticas climáticas. Y la característica más peligrosa de esa nueva religión son los duros ataques contra los herejes y la intimidación contra aquellos que se atreven a dudar.

Scott Pelley, corresponsal de la cadena televisora CBS, comparó a quienes dudan del recalentamiento con aquellos que negaban el holocausto de los nazi contra los judíos. Pero han ido aún más lejos: el columnista Dave Roberts exigió -para ellos- juicios por crímenes contra la humanidad, “una especie de juicio de Núremberg… contra esos bastardos”.

El resultado de esa campaña es que muchos climatólogos no se atreven a comentar el hecho que por largos períodos de tiempo no ha habido absolutamente ninguna relación entre los niveles de dióxido de carbono (CO2) y la temperatura. Los humanos aportan alrededor de 3,4% del nivel de CO2 y la naturaleza 96,6%. Hace 550 millones años hubo una verdadera explosión de formas de vidas en la Tierra y los niveles de CO2 eran entonces 18 veces más altos que hoy. Durante la era Jurásica de los dinosaurios, los niveles de CO2 eran nueve veces más altos que hoy. Y contrario a lo que les enseñan a nuestros hijos, el número de osos polares aumentó de 5 mil en 1950 a unos 25 mil en la actualidad.

El comentarista político Henry L. Mencken (1880-1956) nos alertaba diciéndonos que el objetivo de los políticos es mantener alarmada a la población. Eso es exactamente lo que buscan los propagandistas del supuesto recalentamiento global.

Fuente: El Independent y Creators.com

Tres años después

Por Gonzalo Ruiz Alvarez

Tras los festejos y el confite la revolución fallida es una tromba que deja a su paso tierra arrasada.

Un día como hoy, hace tres años, un joven y risueño Presidente tomaba juramento. Era el día de los sueños y los símbolos de las proclamas de cambio y las esperanzas por una vida mejor.

A esta altura, y en condiciones de ciclos políticos normales, el Gobierno estaría entrando en su último año de mandato, se presentarían candidaturas y se exhibirían obras públicas y logros concluidos, desde la perspectiva oficial y abundarían las críticas desde la oposición.

Pero no. Aquí, el proceso rompió etapas y precipitó procedimientos en pos del cambio anhelado y las transformaciones surgieron desde la consulta a la Asamblea, desde la Constituyente a la Constitución, desde la utopía de la revolución ciudadana a la revolución fallida que hoy tenemos.

Hoy el rictus sonriente trocó en mueca irritada. El celofán de la revolución ética no se puede ni siquiera nombrar después del bochornoso e histórico episodio de las andanzas de Fabricio y los millonarios contratos de las empresas presuntamente vinculadas.

De la revolución ambiental se desvanecieron los últimos discursos. Ni los pajaritos ni las flores de la propaganda oficial resisten el último embate político de la declaración altisonante del Mandatario y la voluntad de extraer el petróleo del ITT, cuando al mundo se le vendió la idea de un fideicomiso para dejar al petróleo bajo tierra. La inexplicable reacción de un Presidente que, al decir de Roque Sevilla, estaba informado al detalle de los pasos seguidos y, justo cuando se disponían a concretar el ofrecimiento de más de USD1 700 millones, patea el tablero.

Además, abre otra grieta en la ya desvencijada unidad monolítica y vertical con la que el Gobierno maneja todas las cosas en este modelo de híper poder concentrado. Con la salida de Fander Falconí, con el apoyo solidario de Alberto Acosta y la presencia de algunos personajes políticos en el acto en que el ex canciller explicó sus desacuerdos, la línea verde -por ambientalista- de una izquierda más conceptual y de contenido se distancia del Gobierno.

Al desnudar del ropaje socialista del siglo XXI el Régimen se mira solo frente al espejo y por más que Ricardo Patiño anuncie radicalizar la revolución, la partida parece que la ganan los pragmáticos de algún círculo y la “praxis” se convierte en afán de supervivencia sostenida sobre la hasta ahora convincente y millonaria propaganda oficial, el clientelismo rampante y la siembra de esperanza en la frustración por décadas contenida de los marginales y los pobres que siguen apuntalando el discurso cada vez más vacío, cada vez más retumbante, cada vez más gastado.

Por que si se gastó el mecanismo de la propaganda, se agotó buena parte del capital político (basta ver todas las encuestas y el deterioro es evidente, precipitado de abril a enero). Se agota también la imaginación.

Y los pobres aparcados a la vera de las promesas incumplidas.

Fuente: El Comercio

Esto fue lo que escribí hace tres años con motivo de la investidura de Correa.

Guerra civil en Venezuela

Por Jose Luis Cordeiro

Es casi increíble que bajo un gobierno militarizado el número de homicidios se haya triplicado

El año 2010 comienza como una verdadera guerra civil en Venezuela. Se estiman 15.000 homicidios en el país para 2009, aunque no hay cifras oficiales públicas, y probablemente nunca las habrá. El número de 15.000 homicidios es una cifra récord y pone de manifiesto la guerra civil disfrazada que existe en el país. En 1998, antes que el actual régimen entrara al poder, se estima que hubo menos de 5.000 asesinatos, ahora la cifra se ha más que triplicado.

Según estimaciones que aparecen en el reciente Informe Anual 2009 de Provea (Programa Venezolano de Educación-Acción en Derechos Humanos, que es una organización no gubernamental especializada en la defensa de los derechos humanos), las cifras de homicidios han aumentado de la siguiente forma: 4.550 en 1998, 5.968 en 1999, 8.022 en 2000, 7.960 en 2001, 9.617 en 2002, 11.342 en 2003, 9.719 en 2004, 9.964 en 2005, 12.257 en 2006, 13.236 en 2007 y 14.568 en 2008. El informe de Provea (disponible gratuitamente en Internet: www.derechos.org.ve) también indica que “los cuerpos de seguridad del Estado estuvieron involucrados en 205 casos de violación del derecho a la vida. Según los datos recopilados para el 2009, los cuerpos policiales continúan aplicando la tortura, situación que ocasionó la muerte de seis personas; se registraron 173 muertes violentas en los centros penitenciarios; y la inseguridad continuó acrecentándose… También se incrementaron los secuestros en 41,53% en todo el territorio nacional”. De hecho, los secuestros han aumentado mucho más que los homicidios, según aparece también en otro informe oficial de la Organización de Estados Americanos (OEA). En 1998 se contabilizaron 50 casos de secuestros en Venezuela, el año pasado la cifra casi se multiplicó por 10, y eso sólo contando los casos reportados.

Es casi increíble que bajo un gobierno militarizado, con militares en muchas de las principales posiciones, el número de homicidios se haya triplicado, alcanzando los 15.000 ciudadanos asesinados durante el actual gobierno en 2009. Es decir, en los 11 años del régimen actual, el número de asesinatos ha llegado a cerca de 120.000 muertos. Lamentablemente, esas cifras son todavía muy conservadoras pues no incluyen las víctimas de la policía, conocidos como “resistencia a la autoridad”, y tampoco incluyen las llamadas “averiguaciones de muerte”. Cuando se agregan las muertes adicionales, que rondan por 60.000 desde 1999 según el Centro para la Paz y los Derechos Humanos de la Universidad Central de Venezuela (UCV), la cifra total llega a casi 180.000 asesinatos bajo el régimen actual.

Venezuela ha entrado en guerra civil. La OEA y la ONU deben intervenir, y pronto.

Fuente: El Universal

Fabián Cordero

Por Emilio Palacio

Hay que ser ciego para no ver que Fabián Alarcón, perdón, el Corcho Cordero, le está serruchando el piso a Abdalá Bucaram, perdón, a Rafael Correa. Es la típica maniobra antidemocrática de los viejos congresos que, cuando la popularidad del presidente se desmoronaba, buscaban el modo de que la marejada no los arrastre para seguir en la troncha.

Ojo que no estoy diciendo que Fabián Cordero prepare un golpe de Estado violento contra su ex jefe. No, a Cordero no le interesa que los generales intervengan. Se quedaría sin tajada, porque entonces se convocaría a la típica comisión de notables para que designe un presidente provisional.

Fabián Cordero no quiere una revolución contra Correa sino una reforma. El correísmo sin Correa. Como en Chile, donde Pinochet bajó del pedestal pero en paracaídas, lentamente, con el compromiso de no meterlo preso ni perseguirlo. (Solo que vivió demasiado, más de lo que se había previsto).

Cordero le ofrece a Correa el mismo acuerdo. Te vas, no te perseguimos, la Constitución de Montecristi, tu gran logro histórico, sigue vigente; algún día podrías incluso regresar para candidatizarte a la presidencia, pero ahora das un paso al costado. Mientras tanto, yo, Fabián Cordero, me hago cargo del poder. ¿Quién desmontó el régimen de Trujillo en República Dominicana? Balaguer, su mano derecha. ¿Quién desmontó el franquismo en España? El rey Juan Carlos, que vivió desde niño a su lado, respetándolo como a un padre.

Sin embargo, en Chile y España, para que la transición triunfe, fue indispensable que la oposición colabore. Fabián Cordero lo sabe. Su acuerdo legislativo en torno a la Ley de Comunicación apunta en esa dirección. Es un paso táctico hacia el objetivo estratégico de lograr un acuerdo con Correa, con todas las bancadas legislativas, o con casi todas, y con los principales poderes “fácticos” (los indios, los sindicatos, los banqueros y los medios de comunicación) que incluya: 1. Correa se va. 2. La Constitución sigue vigente. 3. Fabián Cordero asume el poder.

Eso no significa que a Correa este oficio sí le guste, mantantiru tiru lán. No señor, este oficio no le gusta, así que va a patalear. Apelará al pueblo con toda su habilidad demagógica. Podría disolver la Asamblea o convocar una consulta popular, terreno donde siempre ha sido fuerte. Fabián Cordero también lo sabe, y por eso está dispuesto a aguantar, tratando de cansar al toro pero sin clavarle la espada. Por eso toma distancia de Correa y luego le sopla un piropo. Vuelve a distanciarse, y vuelve al beso volado. Así se juega en la alta política, como los chinos, con paciencia.

¿Cuál debe ser la postura de los ciudadanos? Sin apoyar políticamente a Correa, habrá que defenderlo de cualquier maniobra ilegal. No se trata de la persona sino del principio. Correa no se tiene que ir ni por un golpe militar ni por un golpe palaciego. Correa solo tendrá que salir cuando se consiga la revocatoria constitucional de su mandato, o porque renuncia voluntariamente ante la presión de un pueblo cada vez más descontento, o porque termina su periodo en la fecha prevista. Y si se va antes de hora, tendrá que asumir Lenin Moreno, durante tres años, esperando nuevas elecciones.

No creo en el correísmo sin Correa. Sería la misma mostaza con otra marca.

Fuente: El Universo

Rafael Correa: recetario para un desastre

Por Carlos Alberto Montaner

Rafael Correa, el presidente de Ecuador, acaba de publicar un libro. Lo llamó Ecuador: de Banana Republic a la No República. Supone que el país, bajo su mando, dejó de ser una república bananera, gobernada arbitrariamente en beneficio de una oligarquía deshonesta y del capital extranjero, para convertirse en otra cosa que no es, tampoco, una república tradicional con su separación y equilibrio de poderes, su constitución neutral y sus instituciones abiertas que propician los cambios suavemente al amparo tranquilo del Estado de Derecho.

En la solapa del libro Correa aporta sus notables credenciales académicas y declara su filiación ideológica. Dice ser un seguidor de la doctrina social de la Iglesia y de la hoy muy de-

sacreditada teología de la liberación. Pero es en el texto, compuesto por artículos previamente publicados, donde encontramos las claves de su visión de los problemas de Ecuador. Es ahí donde comparece una abultada lista de malos a los que fustiga junto a los buenos a los que cita elogiosamente.

La lista de los villanos es muy extensa: prácticamente todos los presidentes que lo precedieron en el poder, los organismos internacionales de crédito, “la nefasta burocracia internacional y sus corifeos”, el mercado y “la mano invisible” que lo guía, el Consenso de Washington, la independencia del Banco Central, la dolarización del país, el comercio libre internacional (el ALCA), la privatización, lo que llama “la larga y triste noche neoliberal”, las concesiones de los servicios a la empresa privada y la “tercerización” o contratación a terceros para evitar cargas fiscales o presiones sindicales. En la página 64 manifiesta una intención que me parece encomiable: “Liberar al Estado de los grupos de poder que lo controlan”.

Sus héroes son el Estado, la teoría de la dependencia, la planificación, el gasto público, el dirigismo desarrollista, una moneda nacional que sirva para encajar las crisis y compensar la improductividad del país, Raúl Prebisch, J. M. Keynes, James Petras –un disparatado economista marxista radical–, las protecciones arancelarias para desarrollar la industria nacional, cierta conveniente inflación y hasta Facundo Cabral y Eduardo Galeano, como para poner cierta nota folclórica a un texto que es semiacadémico.

El libro tiene algunos errores impropios de un economista formado en Estados Unidos como, por ejemplo, afirmar que el gobierno de F. D. Roosevelt revocó el patrón oro en 1933, algo que sucedió, realmente, durante la administración de Richard Nixon varias décadas más tarde. Roosevelt lo que hizo fue devaluar el dólar con relación al oro: de 20 dólares la onza a 35, medida que, en su momento, fue considerada por muchas personas como una violación de los derechos de propiedad.

Estamos, pues, ante un gobernante que posee cierta visión ideológica perfectamente calificable como estatista (“tercermundista”, le llamaba Carlos Rangel), acompañada por una acendrada desconfianza en la economía de mercado y en las intenciones de las grandes democracias desarrolladas. Lamentablemente, a esta equivocada forma de entender cómo debe gobernarse, cuarenta veces fracasada en América Latina a lo largo del siglo XX, se une un temperamento claramente autoritario, según su propio hermano, y la perniciosa arrogancia intelectual de quien no conoce la duda y se mantiene indiferente ante una realidad que desmiente constantemente las premisas de las que parte.

Si, de acuerdo con el análisis de Correa, la clase política ecuatoriana es totalmente venal e ignorante, y está rodeada por un ejército de funcionarios indolentes, ¿por qué cree que el Estado va a solucionar los problemas de la sociedad mejor que la sociedad civil? Si el sector público ecuatoriano es un minucioso desastre y su propio gobierno naufraga en medio de la corrupción y la ineficacia (según también opina su hermano) y ni siquiera pudo prever el anunciado colapso de la distribución de energía eléctrica, ¿qué le hace pensar que dándole más poder y entregándole más recursos ese Estado va a hacer mejor su trabajo?

En lugar de mirar hacia Venezuela, que es el modelo perfecto de cómo no debe gobernarse a una sociedad, el señor Correa debería observar cuidadosamente el tipo de Estado que los chilenos han construido a partir de los años ochenta, y luego, inteligentemente, han conservado y profundizado los posteriores cuatro gobiernos de la democracia, como hará el que salga electo en las próximas elecciones. Es verdad que los chilenos hacen lo contrario de lo que Correa prescribe, pero parece aconsejable imitar los ejemplos exitosos, no los fallidos.

l final de su libro, Correa cita a dos economistas que, probablemente, no ha leído o, peor aún, no ha entendido, Ronald Coase y Douglas North, y asume con ellos que la prosperidad, el desarrollo y la estabilidad dependen de la calidad de las instituciones y del carácter predecible de las reglas. Exactamente lo opuesto a lo que hace su gobierno. Eso se llama cultivar la esquizofrenia intelectual.

Fuente: El Nuevo Herald